De Brujas se ha dicho que es la Venecia del Norte, y aunque
es cierto que el agua es un elemento esencial en el paisaje de la ciudad, la
capital flamenca tiene, no obstante, una personalidad propia y no admite ningún
tipo de comparaciones. Su intrincada red de canales y su aire medieval y
señorial evocan su pasado mercantil: en el siglo XIII la clase burguesa creó un
imperio textil basado en la importación y exportación de tejidos y tapices a
través del estuario del Zwyn y del mar del Norte. Restringido el acceso en
coche, Brujas se debe recorrer a pie, en bicicleta o en barca. Las plazas Burg
y Markt, las dos más importantes, marcan el inicio de un recorrido por el
centro histórico de la ciudad. En la del Burg se erige la Basílica de la
Sagrada Sangre, que según la tradición conserva unas gotas de la sangre de
Cristo. El edificio más característico de la plaza Markt, en la que se
concentra el bullicio urbano, es la torre Beffroi o Belfort, del siglo XIII,
con 83 metros de altura y 47 campanas. Después de subir los 366 escalones que
conducen a su cúspide se puede gozar de una panorámica a vista de pájaro sobre
los tejados y calles. El mecenazgo que impulsaron los burgueses, en épocas de
prosperidad, hizo de Brujas una de las mayores pinacotecas de Europa, con
museos repletos de obras maestras de la escuela flamenca, como el Groeninge y
el Memling. Otra de las joyas artísticas que atesora la ciudad es La Virgen con
el Niño (1504-1505), obra de Miguel Ángel, que fue donada por un comerciante
agradecido. Y para reponer fuerzas, nada mejor que degustar algunas de las
especialidades de la cocina flamenca, como los mejillones al vapor con patatas
fritas o los tomates rellenos de camarones, todo acompañado de cerveza blanca
local.

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